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5.5.08

El que la sigue...

Otra vez Amanda. Otra vez genial...

Cristóbal tardó más de tres meses en culminar conmigo una mamada completa. Me explico: por más que yo me dedicara con deleite, pasión, morbosidad, alevosía y hasta fanatismo a su apéndice viril, no había manera de conseguir su orgasmo. Y yo, que siempre me he pavoneado y enorgullecido de mis artes orales (y no me refiero a mi capacidad comunicativa precisamente), casi entro en fase "frustra-deprimida" ante tal desaguisado.

Así que me dediqué cual gatita inocente a preguntarle qué debía hacer exactamente:
– Cariño, ¿te gusta lo que te estoy haciendo?
– Me encanta, tesoro.
– ¿Sigo así o prefieres que vaya más rápido?
– Sigue, coño, sigue.
– ¿Te beso con más pasión el frenillo, o prefieres que me dedique más a la coronilla?
– Que dejes de hablar y sigue, que me desconcentras.

Nada; acababa siempre con agujetas mandibulares. El caso es que yo le sentía disfrutar con aquello, así que seguía insistiendo, en la esperanza de encontrarme, alguna vez, con el fruto de tanto movimiento en mis labios. Sin embargo, si tras aquellos ejercicios se le antojaba regalarme una penetración, se corría en menos de dos segundos. ¡Desalentador! Me colgué el Sanbenito de ser una inútil chupa-pollas y casi nos crea un disgusto.

Hasta que un día, tomé el toro por los cuernos, o a Cristóbal por los huevos, y entre risas pero muy en serio, le pregunté:
– ¿Por qué cojones no te corres nunca con mis mamadas?

Ante tal énfasis, a Cristóbal casi le da un infarto (que el hombre andaba entonces ya por los 48). Se serenó como pudo y me dijo lo siguiente:
– Joder, yo creía que esas cosas os daban asco a las mujeres. Así que me he guardado muy mucho de llenarte esa boquita de princesa que tienes con algo tan desagradable como mi semen.
– Oye... ¿tú en que coño de siglo naciste, en el romanticismo?
– Amanda, ¡qué tengo 48 tacos! A mí me educaron en un colegio de curas y me contaron que esas cosas con las putas, no con los amores.
– ¡Afortunadas ellas! Encima de regalarles una corrida en su boca, les pagas. ¡Hay que joderse!
– Que no, princesita, que yo en serio creía que eso no te gustaba. De hecho creía que tu afán por hacerme sexo oral a cada encuentro era por amor, no sé, como un sacrificio personal.
– ¡Qué mayor te siento ahora mismo!
– ¿En serio te gusta comérmela?
– No, lo hago porque recibo anónimos amenazantes del tipo: "O se la comes o te mataremos. Firmado: el Justiciero del Sexo Oral".
– Desde luego, eres exquisita, completa, perfecta. Además de guapa, inteligente, divertida, entregada y cursi hasta emocionarme... ¡te gusta hacer mamadas! No sé a quién tengo que poner una vela ante la fortuna de haberte conocido.
– Se la vamos a poner juntitos a San Corrida en la Boca. Pero eso será cuando te relajes de una vez y me dejes hacerte una mamada como Dios manda.

Y esa fue la conversación que tuvimos acerca de las mamadas. Y el inicio de unos cientos de corridas fabulosas en mi boca. Si es que no hay nada como disfrutar viendo disfrutar, y tragarse hasta la última apasionada gota de su amor.

(Amanda, Vuelve la amante)

22.11.07

No entiendo...

No entiendo a la persona que llama a un programa de radio para poner a prueba la fidelidad de su pareja. No entiendo cómo puedes desear que una chica con voz sensual llame a tu novio e intente seducirle, mientras media España lo escucha todo. No lo entiendo...

No entiendo al novio que cae en la trampa radiofónica que le ha puesto su novia, y quiere arreglarlo todo justificándose y pidiendo perdón una y otra vez. No entiendo que quieras seguir con esa chica que es capaz de tenderte una trampa realmente malvada y te pone en ridículo en público, en lugar de hablar contigo de las dudas que tiene. No lo entiendo...

No entiendo a las personas que contratan un detective privado para que siga a su pareja y descubrir si es infiel o no. No entiendo que para esa gente lo más importante sea saber si su pareja se lía con otra persona, en lugar de reflexionar sobre el porqué de sus dudas y compartirlas con su pareja con sinceridad y empatía. No entiendo que quieras continuar con tu relación habiendo llegado a ese punto tan triste y lamentable, independientemente de si tu pareja es infiel o no. No lo entiendo...

No entiendo a las parejas que dicen "no tener secretos". No entiendo esas parejas que comparten todo, desde sus cajones y armarios hasta el teléfono móvil. No entiendo que prefieras vivir sin intimidad, o mejor dicho, no me lo creo...

No entiendo la gente que no respeta el espacio y la intimidad de su pareja. No entiendo que haya gente que sus celos enfermizos le empujen a leer los sms del móvil de su pareja, investigar sobre las personas que tiene en su agenda, o entrar periódicamente y sin permiso al correo electrónico del otr@ buscando una prueba de una posible infidelidad. No lo entiendo...

Hoy Amanda vuelve a estar grandiosa. En su último post, habla de Ramón, un ex-novio celoso y frívolo, el cual vulneró su intimidad entrando en su cuenta de correo electrónico y leyendo sus mensajes. Amanda expresa así cómo se sintió:

"Me sentí violada, desnuda, desprovista de pronto de mi libertad. Los mails que mandaba a mis amigas, a mi familia, aquellos momentos que sólo me pertenecían, aquellas opiniones que sólo compartía con quien yo había querido elegir, mi elección de decidir qué quiero comunicar y qué no quiero comunicar, la libertad de decidir de qué hablar y con quién… todo, al desnudo, a merced de quien, sin permiso y sin duda con la frivolidad de los celos y la enfermedad del saber por encima de la decisiones del otro, se había permitido invadir el único espacio que no compartía con él.

Él dijo: '¿No crees que merezco saberlo todo?' No. Elegir contar o no contar es una elección que pertenece a quien habla, no a quien escucha. Es algo que forma parte de la libertad más extendida, la de expresar, la de decir, la de callar o la de contarlo todo. No. Nadie “merece” saberlo todo. Sólo pertenece a quien habla la decisión de elegir quién lo sabrá todo, y quién no."

17.5.07

Amanda, otra vez

Aunque en algunas ocasiones (pocas) no esté del todo de acuerdo con ella, como por ejemplo en el post de llorar, la psicóloga Amanda es una auténtica crack y así lo demuestra en su último post. A continuación, las mejores frases de su artículo:

- Si en la sociedad el concepto "pareja” va unido al concepto “fidelidad” es porque nos hemos acostumbrado a ello, como si nos obligásemos a serlo con el fin que otorga: la tranquilidad de hacer lo moralmente correcto.

- La infidelidad en sí misma no es problema en una pareja y hasta resulta estimulante.

- Yo fui infiel porque no pierdo la oportunidad de pasarlo bien y porque para mí ser fiel es una solemne memez, prescindible moral y éticamente. En realidad creo que mi ética es mucho más sana, lógica y normal que la de aquellos que se reprimen porque la sociedad le ha hecho creer que eso está mal.

- Es más fácil de lo que parece: ser infiel no está mal, qué coño, es fantástico si te dejas llevar, lo que está mal, queridos míos, es contarlo. (¡Esto me suena! ¿A vosotros? ¿Sinceridad o sincericidio?)

6.2.07

La abuela de Amanda

Curioseando por la red, vuelvo a caer en el blog de Voyeur, y vuelve a fascinarme otro post de Amanda. El post me recuerda al de ¿Me caso enamorado? que escribí hace tiempo, pero Amanda además profundiza en otros aspectos. A continuación pego parte de su post:

Mi abuela sigue, muy a su pesar, viva a los 92 años. Digo “muy a su pesar” porque ella era la mujer más digna que he conocido jamás.

El día en que me casé, me llevó a un rincón apartado y me dio un sobre con dinero, Después me dijo:
–Cometes un error, pero al menos pégate un viaje de novios que provoque la envidia de todos.
–¿Por qué me dices que cometo un error? ¿Ni siquiera el día de mi boda puedes ser un poco cursi y decir cosas como “que seáis muy felices”?
–Es que estás enamorada, nena, y casarte enamorada va a llevarte directamente al divorcio.

Me costó años entender aquella frase y muchas otras made-in mi abuela, pero la jodida tiene (o tenía) más razón que un santo. Y es que el matrimonio nunca fue ideado ni creado sustentado en las emociones, sino en la racionalidad.

Durante siglos, hombres y mujeres se han casado como mero objetivo lucrativo. En la pareja, el objetivo tenía objetivos secundarios del tipo “descendencia” o “territorialidad”. El amor no tenía nada que ver con aquello, hasta que hace unos años, no tantos, empezó a liarla.

Y es que la pasión mata la pareja, tal cual lo digo, tal cual lo pienso. Porque la pasión conlleva la decepción, los celos, la posesión, la inquietud, la inseguridad y un largo bla bla de emociones negativas y destructivas para la pareja.

Si nos casáramos con un buen amigo, con quien nos lleváramos especialmente bien, para tener niños, ir al cine los domingos, y acudir a todas las bodas, bautizos y comuniones en que fuéramos invitados, pero hacia quien no sintiéramos ningún tipo de amor (y fuéramos correspondidos de igual manera), nos iba a importar un bledo que volviese a las cinco de la mañana todo mamao, o se follara a la vecinita del quinto.

Del mismo modo, a él se la sudaría que nos arreglásemos para salir a ligotear los viernes por la noche con nuestras amigas, chateásemos de madrugada o confesáramos estar enamoradas del último becario que ha entrado en el hospital. Seríamos la pareja perfecta. Dividiríamos los costes y multiplicaríamos los beneficios. Consensuaríamos la educación de los niños, y nos daría igual tener o no orgasmos con él. Eso sí, buen entendimiento, objetivos comunes, respeto total, y ni un solo día de “¿Por qué cojones está echando barriga?” o “¿Es este el hombre con quien me casé enamorada?”

La figura del amante ha sido durante cientos de años, una realidad necesaria para el entendimiento de la pareja, para el matrimonio: el amor se vivía fuera de casa y dentro se vivía lo que se tenía que vivir. Los que se enamoraron acabaron retándose en duelo con los amantes y muertos o asesinando. Los que no, vivieron matrimonios para toda la vida, disfrutando igualmente del amor, sin las inconveniencias de la monotonía y la rutina y sobre todo, sin la tontería esa de las expectativas que nunca se cumplieron.

Pero como ahora nos ha dado por quererlo todo, vamos dando bandazos de lado a lado de nuestras emociones y jodiéndonos la salud mental. Queremos trabajar, tener hijos, amar, ser amigos, tener un sexo fabuloso, ser libres, estar acompañados, comprar muchas cosas, tener tiempo libre, hacer deporte, estar buenísimos, ser comprendidos, ser envidiados, ostentar, discutir, ser felices… y todo esto en un el marco del matrimonio. Pero claro, no queremos que nos pongan los cuernos, no queremos que nos digan lo que tenemos que hacer, no queremos aburrirnos, no queremos ser infelices, no queremos sufrir, ni decepcionarnos, ni perder de vista las mariposillas del estómago al cabo de unos años.

Mi abuela fue perfectamente feliz. Se casó con un hombre bien, hizo lo que le dio la gana toda su vida, cogió un par de chachas para que le limpiaran la casa y se lo pasó bomba con mi abuelo que era un cachondo. Y se enamoró de tres o cuatro hombres a lo largo de su vida, sin que aquello supusiera problema alguno en su pareja. Con él tuvo hijos, y tuvo estabilidad, y tuvo prestancia y dignidad. Y con sus amantes tuvo amor.

19.1.07

Infidelidad: capítulo 1

El último post de Amanda me ha animado a iniciar uno de los temas estrella: la fidelidad. Aunque en su momento ya hablé de cuales eran las "instrucciones de uso" de la infidelidad, no he profundizado todavía en un tema tan complejo y sin duda extenso. Como no me gusta escribir posts demasiado extensos, vamos a empezar con algunos planteamientos para el debate.

Hay parejas que deciden ser monógamas y acuerdan la exclusividad erótico-sexual, considerándola un valor para su relación de pareja y asumiendo dicho acuerdo por ambas partes. Otras parejas no consideran la exclusividad erótica un valor en su relación, y su acuerdo es respetar la intimidad del otro y no inmiscuirse en el libre uso y disfrute de su sexualidad y erotismo. La mayoría de las relaciones de pareja pertenecen al grupo de los monógamos, por lo menos en teoría, pero en cambio mucho más de la mitad de las personas que ahora mismo tienen pareja han sido infieles en alguna ocasión. Y de los que todavía no lo han sido, habría que contabilizar cuantos no lo han sido porque no han tenido la oportunidad, cuantos no lo han sido pero lo serán, etc.

El ser humano, como ya comenté en mi anterior post, no está genéticamente preparado para ser monógamo. Nadie puede discutir que por cuestiones de evolución y desarrollo natural, estamos biológicamente preparados para "esparcir" nuestros genes, cuanto más mejor. Por lo que es más que evidente y científicamente indiscutible que la exclusividad erótico-sexual es un constructo social. Somos muy críticos con ciertos constructos, como puede ser el de la virginidad hasta el matrimonio, pero no tanto con otros que nos despiertan fantasmas...

Si el sentir deseo y obtener y proporcionar placer es algo tan agradable, satisfactorio, beneficioso, bonito y cultivable; ¿por qué sólo en el seno de la pareja?

Si tanto quiero a mi pareja; ¿por qué no quiero que se sienta completamente libre y haga realidad los deseos eróticos que sienta?

Si no llevo a cabo ese deseo por no ser infiel a mi pareja; ¿no estoy siendo infiel conmigo mism@? ¿No estoy faltando el respeto a mis deseos más profundos y sinceros? ¿No me estoy dañando a mí mism@ al no realizar lo que realmente deseo?

Si no serías capaz de superar el saber que tu pareja te ha sido infiel, ¿por qué se lo preguntas? ¿Por qué haces todo lo posible por enterarte? ¿Por qué vulneras su intimidad? ¿Por qué prefieres "saber la verdad aunque te duela"?

Si consideras que tu cuerpo y tu sexualidad te pertenecen y que nunca tienes que hacer lo que tu pareja quiere si tú realmente no lo deseas, ¿por qué si tienes que dejar de hacer lo que realmente deseas sólo porque tu pareja no quiere que lo hagas?

¿Por qué no puedes exigir a tu pareja que no se vaya de marcha con sus amigas, que no se vaya de cena con los de clase/trabajo, e incluso que no se masturbe; y sí puedes exigirle que no se acueste con otros? ¿No pertenece también a su intimidad?

Si tu pareja puede hacer con su móvil o su coche lo que quiera porque es suyo, ¿porque no puede hacer lo que quiera con su cuerpo? ¿No es suyo también?

Ahí queda eso...